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Clínica Manatí Visual

Salud ocular

Más de dos millones de niños usan ya las lentes DOT para el control de la miopía

Según ha informado Optometry Times, SightGlass Vision ha comunicado que más de dos millones de niños en todo el mundo ya utilizan sus lentes oftálmicas con tecnología Diffusion Optics Technology…

Más de dos millones de niños usan ya las lentes DOT para el control de la miopía

Según ha informado Optometry Times, SightGlass Vision ha comunicado que más de dos millones de niños en todo el mundo ya utilizan sus lentes oftálmicas con tecnología Diffusion Optics Technology —DOT, por sus siglas— diseñadas para el control de la miopía. La cifra llega cinco años después del lanzamiento comercial del producto y apenas un año después de que la propia compañía cruzara el millón de usuarios. Antes de sumarse al comunicado, conviene leer la cifra con la única óptica que debería importar aquí: la del cristal real que va a acabar en la cara de un niño.

La teoría que sostiene el producto

La propuesta comercial de SightGlass se apoya en una hipótesis con base: una matriz microscópica impresa sobre el cristal que dispersa parte de la luz hacia la retina periférica, con el objetivo de atenuar el estímulo hipertrópico que la óptica monofocal convencional genera en el borde del campo visual. Esa señal periférica se vincula, desde hace años, con la elongación axial del globo ocular durante la infancia y, por tanto, con la progresión de la miopía. En el terreno teórico, el mecanismo encaja.

El problema aparece cuando bajamos la promesa al taller y la medimos con el mismo rasero que aplicamos a cualquier otro cristal: ¿qué índice de refracción sostiene esa microestructura sin penalizar el grosor? ¿Qué número de Abbe declara el fabricante, es decir, cuánta dispersión cromática introduce la textura añadida? ¿Cómo se comporta la lente frente a la aberración esférica fuera del pasillo de progresión central? Ninguna de esas preguntas aparece en el comunicado, y son precisamente las que el óptico adaptador va a tener que responder cuando la familia pregunte con razón qué está comprando.

Lo que un taller debería comprobar antes de dispensar

Antes de colocar una lente DOT, el guion debería parecerse al de cualquier otro producto que se presente como "control de miopía": exigir la publicación revisada por pares que respalda la lente concreta —no solo resúmenes de congreso— y reclamar cifras de eficacia comparativa con un grupo de control activo, no únicamente frente a una lente monofocal. También conviene verificar que la microestructura no degrade el número de Abbe por debajo de lo aceptable y que el tratamiento antirreflejo se deposita de forma uniforme sobre la textura, porque una capa irregular encima de una matriz de difusión puede introducir contrastes fantasma y pérdida de sensibilidad al contraste, justo lo contrario de lo que se le ha prometido a la familia.

Adoptar no es lo mismo que demostrar

Que dos millones de niños lleven una lente DOT significa, en el mejor de los casos, que el producto ha calado en la distribución y que las familias lo han adquirido. No significa —y aquí se separa el marketing de la óptica— que esas lentes estén reduciendo la progresión miópica de forma clínicamente relevante en condiciones reales de uso. Lo que de verdad mueve la aguja en este campo es la evidencia publicada en revistas revisadas por pares, con grupo de control y seguimiento prolongado: cuántos años de seguimiento, qué tasa de progresión comparada con placebo y, sobre todo, qué ocurre cuando el adolescente deja de usar la lente.

Mientras el comunicado de SightGlass hable de "usuarios", la conversación clínica debería seguir hablando de dioptrías frenadas y de milímetros de elongación axial evitada. Mi veredicto: el dato de adopción es legítimo como hito comercial, pero sigue sin ser un argumento óptico. Quien tenga que decidir por un menor, que pregunte primero por la física publicada y por la evidencia clínica —no por la cifra de marketing.